Columna de Opinión

Por Valeria Sánchez Ferreiros

Hay lugares que uno no recuerda solamente con los ojos. Los recuerda con los perfumes, con los sonidos, con las voces de la familia y hasta con la sensación de volver a casa después de un día entero al aire libre. Para mí, la Ribera de Quilmes es uno de esos lugares.

Cuando era chica, los fines de semana íbamos con mi familia. Nos subíamos todos al colectivo y emprendíamos ese viaje que, visto desde hoy, tenía algo de película de Los Campanelli: todos juntos, con las cosas para pasar el día, la comida, las ganas de disfrutar y ese entusiasmo tan simple que tenían las familias de antes cuando encontraban un lugar donde podían compartir.

La Ribera era eso: un lugar de encuentro. Los fines de semana las familias llegaban para pasar el día, hacer un asado, sentarse a tomar unos mates, conversar, mirar el río y dejar que los chicos jugaran. No hacía falta demasiado. Una manta, algo para comer, una pelota, una radio y el río enfrente alcanzaban para que un domingo fuera un domingo.

Yo todavía recuerdo sus olores: el olor del río mezclado con el pasto, con el humo de las parrillas, con la comida que preparaban las familias. El ruido de la gente, los chicos corriendo, los autos llegando, las conversaciones. La Ribera tenía vida.

Para mí era un lugar hermoso. De verdad, hermoso. Mi mamá muchas veces nos decía: «¿Vamos a dar una vuelta por el río?». Y nos subíamos al auto y simplemente íbamos. No hacía falta organizar una salida ni tener un motivo especial; íbamos a la Ribera a dar una vuelta, a tomar unos mates, a mirar el río, a pasar un rato juntos. Y eso era suficiente.

Después llegó mi adolescencia y la Ribera volvió a acompañarme, pero de otra manera. «¿Vamos al río a tomar algo?». Los sábados a la noche íbamos a bailar. Había distintos lugares bailables y uno que recuerdo especialmente era Costa del Sol. También estaban esos encuentros de los domingos, cuando uno iba con amigos, se encontraba con otros chicos, charlaba, tomaba algo y pasaba la tarde. La Ribera era nuestro punto de encuentro, era parte de nuestra vida.

Más adelante crecí, fui mamá y volví a la Ribera con otra mirada. Ya no era solamente el lugar de mi infancia o de mis salidas de adolescente. También era un lugar para ir a comer en familia. Había restaurantes y parrillas donde se comía muy rico, y otra vez aparecía esa sensación de estar disfrutando un lugar que sentíamos nuestro.

Si miro mi vida hacia atrás, hay algo que me sorprende: la Ribera estuvo presente en todas mis etapas. Estuvo en mi infancia, en mi adolescencia y en mi adultez. Por eso, para mí, nunca fue solamente el río. Era un lugar de encuentro, era un lugar para disfrutar, era parte de nuestros recuerdos, era nuestro orgullo.

Los quilmeños tenemos algo que no todas las ciudades tienen: tenemos el río, y tuvimos una Ribera que sentíamos nuestra. El río sigue estando. Lo que cambió fue todo lo que construimos, disfrutamos y vivimos alrededor de él. Y quizás por eso duele tanto cuando uno vuelve y ya no encuentra aquella Ribera que recuerda.

¿Qué hicieron nuestros políticos con nuestra Ribera? O, mejor dicho, ¿qué no hicieron por ella?

Cuando hablamos de las inundaciones, hay algo que quiero dejar claro: nadie pretende que el río no crezca. El río tiene su comportamiento natural, y cuando hay una sudestada o una crecida, el agua va a avanzar sobre la costa. El problema no es que el río crezca, sino cómo responde nuestra Ribera frente a esa situación. ¿Qué capacidad tiene para desagotar el agua? ¿Cuánto demora en drenar cuando el río comienza a bajar? ¿La infraestructura existente es suficiente? ¿Las obras realizadas resolvieron realmente el problema o solamente fueron una solución parcial?

Una cosa es convivir con un fenómeno natural que no podemos controlar y otra muy distinta es aceptar que, después de que el agua baja, nuestra Ribera quede anegada, deteriorada y cada vez más difícil de recuperar. Mientras los años pasaban, la costa se fue deteriorando entre el abandono, la falta de mantenimiento y la ausencia de una política sostenida para recuperarla.

«Luego de casi 20 años de abandono…». Así describía el propio Municipio de Quilmes, en enero de 2023, la situación de parte del muelle de la Ribera cuando anunció su concesión para recuperarlo y ponerlo en valor. Dos años después, la historia era otra: la inversión prometida no llegó y la concesión quedó desierta. La recuperación anunciada no se concretó. Y mientras tanto, el muelle siguió ahí, frente al río, como una muestra más de todo lo que alguna vez tuvimos y de todo lo que todavía estamos esperando recuperar.

Y entonces aparece una pregunta que, como quilmeños, tenemos derecho a hacernos: ¿Por qué Quilmes no pudo, o no quiso, recuperar su Ribera? ¿Será consecuencia de malas políticas públicas? ¿De malas decisiones de gobierno? ¿De la falta de una mirada a largo plazo sobre lo que nuestra costa podía significar para la ciudad?

Desde la vuelta de la democracia, casi todos los períodos de gobierno municipal estuvieron en manos del peronismo y, posteriormente, del kirchnerismo. Cabe preguntarse: ¿Será que quienes gobernaron Quilmes durante tantos años no entendieron la importancia que tiene nuestra Ribera? ¿O será que, simplemente, nunca fue una verdadera prioridad?

Los que la vivimos seguimos teniendo esos recuerdos: el aroma del río, el humo de las parrillas, el mate compartido, las familias reunidas, los amigos, las noches de baile, los restaurantes, las tardes mirando el agua. Y seguimos esperando. Esperando poder volver a llevar a nuestros hijos y a nuestros nietos a una Ribera linda, cuidada y viva. Poder sentarnos otra vez a tomar unos mates frente al río, compartir una comida en familia, caminar, encontrarnos con amigos y volver a sentir esos aromas que quedaron guardados en nuestra memoria.

Porque el río sigue estando. Y Quilmes también. Pero hoy tenemos un Quilmes que duele. Duele porque sabemos lo que fuimos, porque sabemos lo que tenemos y porque sabemos todo lo que podríamos ser.

Quizás recuperar nuestra Ribera sea también recuperar una parte de nosotros mismos: volver a mirar nuestra ciudad con esos mismos ojos con los que la mirábamos cuando éramos chicos y sentir, una vez más, esa alegría tan simple de pensar: Qué hermosa ciudad que tenemos. Porque eso es lo que queremos recuperar. No solamente una Ribera: queremos recuperar el orgullo de ser quilmeños.

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