Damián Caschetto repasa la conmovedora historia de Juan su padre, un inmigrante siciliano que pasó de vender verduras en un changuito a crear una de las parrillas más famosas de la Argentina. En una charla íntima, el gastronómico revela las claves del negocio, la mística del “boca en boca” y cómo mantiene vivo el legado familiar tras décadas de trabajo ininterrumpido. Además, reflexiona sobre la atención al cliente, los proyectos a futuro y la filosofía de salir adelante sin importar la coyuntura política.

La historia del “Tano” es el reflejo de la inmigración que moldeó la identidad del conurbano bonaerense. Los padres de Damián llegaron desde Sicilia, Italia, siendo apenas unos niños y escapando de la guerra: su padre Juan con cinco años y su madre Juana con tres. “Vinieron sin nada, una mano adelante y otra atrás. Mi viejo siempre fue feriante de los barrios, vendía fruta y verdura con su changuito y mi mamá siempre lo bancó al lado”, recuerda Damián. Aquellos madrugones a las tres de la mañana para seleccionar y armar el puesto fueron la primera gran escuela sobre el valor del trabajo, el esfuerzo diario y el contacto directo con la gente.

El salto definitivo de la verdulería a la gastronomía se dio de manera orgánica pero arriesgada en Dock Sud. Todo comenzó en la calle Hernán Cortés 545 con un modesto café bar llamado “Damián”, en homenaje al hijo menor. “Era un bodegón de barrio donde la gente grande jugaba a las cartas a la tarde. Después mi papá decidió poner una parrillita en la vereda, anexó otra y empezamos con los choripanes, el vacío y el parripollo. Fue un cambio muy de abajo, de dos mundos totalmente opuestos”, explica sobre la transición hacia lo que luego se convertiría en un fenómeno popular.
Con el paso del tiempo y la mudanza a la emblemática esquina de la calle Benedetti, el restaurante dejó de ser un simple comercio para transformarse en una referencia urbana y cultural de Avellaneda. “Antes no había redes ni GPS, era todo boca en boca. La gente decía ‘estoy a diez cuadras de lo del Tano’, se convirtió en un ícono de la ciudad. Mi viejo se ponía el delantal y era un personaje hermoso, siempre con una sonrisa. Él nunca tomó dimensión de lo que representaba para la gente, pero yo siempre pienso que la Municipalidad debería hacerle un monumento o una estatua acá en Avellaneda”, señala con orgullo sobre el impacto de su padre.

A pesar de los mitos que rodean a las parrillas libres, Damián asegura que el pilar del restaurante sigue siendo la abundancia genuina y la altísima calidad de los insumos. “No le pichuleo nada a la carne, compro siempre mercadería de primera porque si cambiás la calidad por buscar algo más barato, a la larga te termina doliendo la cabeza. Acá la gente se sienta y al instante ya tiene la comida servida. Y el tema del champán con el helado de limón no es ningún truco, es una costumbre tradicional que te refresca y funciona como algo digestivo para cortar la comilona”, revela entre risas.
La evolución del negocio familiar derivó en un nuevo y amplio local que no solo duplicó la capacidad a más de 200 personas, sino que sumó espectáculos en vivo y espacios para niños sin costo adicional para los comensales. “Es un lugar más grande donde sumamos escenario y barra de tragos. Incluimos shows una vez al mes como un regalo para el cliente, no cobramos un menú diferencial ni entrada. A mí me encanta regalar, ya sea sorteando bicicletas para el Día del Niño o regalando cenas para el Día de la Madre. Es una forma de devolverle a la gente y a Avellaneda todo el cariño que nos dan”, comenta.

Para Damián, llevar la camiseta de “el hijo del Tano” no representa una carga, sino una enorme responsabilidad que se transmite de generación en generación junto a sus propios hijos y familiares que integran el equipo. “A mí me sale de forma espontánea atender a la gente, me encanta ser servicial. Tanto al que viene a sentarse a comer como al que pide un choripán en el delivery los trato como si fueran amigos de toda la vida. Esto te tiene que gustar mucho; si no te gusta el contacto con el público y estar presente, no lo podrías hacer”, afirma.

Frente a la incertidumbre económica y la realidad de los emprendedores en el país, el gastronómico deja un consejo contundente basado en la enseñanza que le dejó su padre. “El secreto para un emprendedor es no delegar: tenés que estar vos, meterte vos y llevar las riendas, porque nadie va a cuidar el negocio mejor que el dueño. Mi viejo siempre me decía que venga quien venga y gobierne quien gobierne, hay que ir siempre para adelante, sin mirar atrás. Yo he trabajado bien con todos los gobiernos porque el trabajo diario e independiente no sabe de partidos políticos”, concluye.
La Parrilla El Tano Debenedetti queda en Casella Piñero 187, Sarandí
