La noche de Halloween en Avellaneda volvió a ser escenario de un impactante y controversial despliegue sobre dos ruedas. Una masiva caravana de casi 500 motos de diversas cilindradas y estilos copó el casco urbano y las ciudades vecinas en una trayectoria que culminó en el corazón de la Isla Maciel. Allí, aprovechando la festividad, se montó un festival con carpas, música, bebidas, comida y un desfile de vehículos tuneados junto a pilotos disfrazados. Sin embargo, el festejo quedó opacado por un fuerte clima de descontrol que encendió la indignación de la comunidad.

A los ruidos ensordecedores, las maniobras peligrosas y el caos vehicular que se repitieron en distintos puntos de la ciudad, se suma un dato que generó fuerte controversia: la tradicional agrupación de motos habría realizado este encuentro masivo en la Isla Maciel supuestamente con permisos oficiales. La combinación de potentes escapes con “corte”, contraexplosiones y maniobras temerarias se extendió antes, durante y después de la concentración, dejando a miles de vecinos sin posibilidad de descanso.

La polémica sumó un capítulo aún más grave con el uso indiscriminado de pirotecnia y fuegos artificiales durante todo el desarrollo de la caravana y el festival. El lanzamiento de bombas de estruendo y cohetes provocó un profundo rechazo entre la comunidad, ya que en el partido de Avellaneda la pirotecnia sonora se encuentra estrictamente prohibida por ordenanza del Honorable Concejo Deliberante (HCD). Esta normativa local busca proteger especialmente a las personas con trastorno del espectro autista (TEA), adultos mayores y animales domésticos, quienes sufren graves consecuencias por los estruendos de alto impacto sonoro.

En redes sociales, los residentes denunciaron abiertamente que muchos de los participantes no solo evaden los controles viales y violan las leyes locales sobre ruidos molestos y pirotecnia, sino que además exhiben motos de origen dudoso, algunas presuntamente robadas. “El ruido era insoportable. Además, se veían motos reventando motores, haciendo cortes, tirando cohetes. ¿Quién controla eso?”, expresó con indignación un vecino que habita en las cercanías del predio donde se instalaron las carpas.

Por su parte, las autoridades locales y policiales reconocen la complejidad para frenar este tipo de fenómenos, ya que las caravanas suelen coordinarse de manera espontánea y masiva a través de convocatorias en redes sociales, lo que dificulta interceptarlas antes de que se desplacen por la vía pública. Ante este escenario, las organizaciones barriales insisten en la necesidad de reforzar de forma permanente los controles en los accesos principales, puentes, rutas y puntos estratégicos del partido.

Con episodios de estas características que se repiten fin de semana tras fin de semana —y que ya registran antecedentes de operativos con decenas de secuestros de vehículos en ediciones anteriores en Avellaneda—, la paciencia de la comunidad llegó a su límite. Los vecinos exigen medidas urgentes: mayor presencia policial, el secuestro efectivo de los vehículos en infracción, sanciones por el uso ilegal de pirotecnia sonora y operativos sostenidos en el tiempo. “No puede ser que todo quede en la nada mientras el descontrol crece”, resumió con preocupación un residente de la zona.

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