En una jornada marcada por la tensión política y el llamado al paro general de la CGT contra el Gobierno de Javier Milei y la reforma laboral, las persianas de Avellaneda contaron una historia diferente a la de las centrales obreras. En los barrios del partido, el acatamiento fue notablemente bajo, primando la necesidad económica por sobre la protesta sindical.

El barrio necesita facturar: “Si no vendemos, no comemos”

A lo largo de arterias clave como Avenida Fabián Onsari y Camino General Belgrano, el panorama fue de casi normalidad. Paula, empleada de una mueblería de la zona, fue tajante al explicar por qué decidieron ignorar la convocatoria: “Si no abrimos, no vendemos; si no vendemos, no comemos. Así de fácil, esté Milei, Cristina o quien sea”.

Esta postura se repitió en los kioscos, donde el movimiento no se detuvo a pesar de las dificultades en el transporte público. Un kiosquero de la zona relató que, aunque la falta de colectivos (como el 10 y el 17) le quita caudal de clientes, la gente se volcó masivamente al uso de Uber y autos particulares para no perder el presentismo.

“Los vecinos del barrio empezaron a bajar tipo 10 de la mañana. Algunos comercios abren solo medio día, pero es por miedo: temen que por la tarde pasen los sindicalistas y rompan los locales a piedrazos, como ya ha pasado antes”, confesó Adrián, otro comerciante local.


De Villa Domínico a Wilde: Persistirse en el trabajo

En los polos comerciales de Villa Domínico, específicamente en la intersección de Camino General Belgrano y Posadas, y en las cercanías del barrio Santa Teresita en Wilde, la postal fue de actividad plena.

  • Galerías y tecnología: Ariel, dueño de un local de celulares, sintetizó el sentimiento general: “La gente tiene que laburar, el país se levanta laburando. Ni Milei ni Alberto te pagan los sueldos”.
  • Venta ambulante y subsistencia: Del lado de Lanús, la señora Ramona, conocida por sus tortillas calientes, agotó su mercadería desde temprano. “Muchos paraban en remises de a 4 o 5 personas y me compraban. Hay que parar la olla”, sostuvo mientras confirmaba que seguirá trabajando por la tarde.

Avellaneda Centro: El epicentro de la incertidumbre

Como es habitual, el centro de la ciudad mostró un clima más dispar. Al ser zona de tránsito hacia el Puente Pueyrredón y sede de edificios municipales, el temor a incidentes se siente más cerca.

Rolo, vecino de la zona de Mitre a metros del puente, observó que si bien bares y comercios abrieron temprano, se espera una tarde desolada. “Estos paros no sirven, nunca sirvieron. Solo perjudican al laburante que quiere cumplir”, sentenció.

La lectura política: “Quieren torcer las urnas”

En las inmediaciones de Plaza Alsina, la visión política también se hizo oír. Quique, un joven a cargo de un puesto de diarios, vinculó la medida de fuerza directamente con la interna partidaria: “Es evidente que la política mete la cola. El kirchnerismo y la izquierda quieren torcer con la fuerza lo que les fue esquivo en las urnas”.

Conclusión: Mientras la dirigencia sindical mide el éxito del paro por el silencio en las fábricas y el transporte, en las calles de Avellaneda el ruido de las persianas levantándose dejó claro que, para el comerciante de a pie, el trabajo no es una opción, sino una urgencia.


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