El dilema de la Estación Avellaneda: Entre el peso de la historia y la identidad de un puebloEl dilema de la Estación Avellaneda: Entre el peso de la historia y la identidad de un pueblo

A más de una década del cambio de nombre de la emblemática estación del Ferrocarril Roca, la confusión persiste en el habla cotidiana de los pasajeros. Mientras el homenaje a Kosteki y Santillán busca justicia, la imposición toponímica choca contra la identidad centenaria de una ciudad. ¿Es posible honrar la memoria social sin borrar el nombre que define a toda una comunidad?


El 26 de junio de 2002 quedó marcado a fuego en la memoria colectiva argentina. La “Masacre de Avellaneda”, donde la represión policial se cobró las vidas de los militantes sociales Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, transformó la estación ferroviaria en un santuario de lucha. Sin embargo, lo que comenzó como un acto de memoria popular derivó años después en un cambio de nombre oficial que, al día de hoy, divide aguas entre el simbolismo político y el sentido de pertenencia local.

Una votación marcada por la política

El cambio de nombre de la estación “Avellaneda” a “Estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki” no fue inmediato. Fue el resultado de un largo proceso legislativo que culminó en noviembre de 2013, cuando la Cámara de Diputados de la Nación convirtió en ley el proyecto. La votación contó con un amplio respaldo del bloque del Frente para la Victoria y aliados de la izquierda, bajo el argumento de “visibilizar la lucha popular” y mantener viva la memoria de la represión estatal.

Legisladores del interior para una realidad del conurbano

La ley que oficializó el nombre de “Estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki” fue sancionada en noviembre de 2013. Al analizar la composición de la votación, surge una verdad incómoda para los locales: sin temor a equivocarnos, la gran mayoría de los diputados que levantaron la mano para cambiarle el nombre a la estación eran representantes de provincias del interior o de distritos lejanos.

Resulta paradójico que legisladores que jamás transitaron el Puente Pueyrredón para ir a trabajar, o que no conocen la dinámica de los barrios de Wilde, Piñeyro o Gerli, decidieran por sobre los vecinos de Avellaneda. Fue una imposición centralizada que ignoró la voz de quienes habitan el territorio, priorizando un “gesto político” nacional por encima del sentido de pertenencia local.

Sin embargo, críticos de aquel momento y vecinos actuales señalan que la medida fue más una imposición ideológica desde el Congreso que un consenso nacido de los habitantes de Avellaneda. No hubo una consulta popular ni un plebiscito; fue una decisión tomada en los despachos de la Capital Federal para un territorio que respira identidad propia.

El fracaso de la imposición: El nombre que no muere

A pesar de que la cartelería oficial y las voces de los altoparlantes anuncian el nombre de los militantes, para el usuario del Roca la estación sigue siendo “Avellaneda”. En el habla cotidiana, nadie dice “me bajo en Santillán y Kosteki”; el peso de la tradición es más fuerte que cualquier decreto legislativo. Esto pone en duda la efectividad real de la medida: si el objetivo era el homenaje, el resultado ha sido una confusión semántica donde el homenajeado queda diluido en un nombre demasiado extenso y ajeno a la geografía ferroviaria.

Recuperar la identidad sin olvidar el sacrificio

La ciudad de Avellaneda posee una identidad forjada por la industria, el fútbol y su condición de puerta de entrada al sur. Borrar el nombre “Avellaneda” de su estación principal es, en cierta medida, amputar un fragmento de la historia local. La identidad no debe ser un juego de suma cero donde para recordar a unos haya que invisibilizar el nombre de todos.

La propuesta es clara: la estación debe volver a llamarse oficialmente Avellaneda. La memoria de Darío y Maxi, héroes sociales de una de las crisis más profundas de nuestra historia, merece un espacio de respeto absoluto, pero quizás no en la nomenclatura de un transporte público que requiere practicidad e identidad geográfica.

Un homenaje superador sería la creación de un monumento nacional o un complejo museológico en una de las plazas principales de la ciudad, o incluso convertir los alrededores de la estación en un paseo de la memoria que no obligue a renunciar al nombre que nos define. Honrar el pasado es necesario, pero respetar la identidad del presente es un acto de justicia para con todos los vecinos.

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