Avellaneda y la Deuda Ambiental: ¿Por qué debemos duplicar nuestros árboles para dejar de inundarnos?Avellaneda y la Deuda Ambiental: ¿Por qué debemos duplicar nuestros árboles para dejar de inundarnos?

El cemento ha ganado la batalla en las últimas décadas, pero el costo lo pagan los vecinos cada vez que el cielo se oscurece. Con el fin de un ciclo político que priorizó el asfalto electoral sobre la planificación hídrica, la ciudad exige una revolución verde que entienda que un árbol es, en realidad, la primera defensa contra el agua.

Avellaneda atraviesa un momento bisagra. Tras décadas de una gestión que se jactó de la “transformación” a través del hormigón, la realidad golpea con la misma fuerza que las tormentas: los barrios se inundan más que nunca. Resulta incomprensible que una ciudad administrada durante veinte años por un “ingeniero” —primero desde la Secretaría de Obras Públicas y luego desde la Intendencia— no haya sabido, no haya querido o no haya podido ejecutar las obras estructurales que eviten que el agua entre en las casas de los vecinos. El resultado es una ciudad asfixiada, donde se prefirió gastar en el maquillaje de la superficie antes que en la salud de nuestras cuencas.

La propuesta para el nuevo tiempo que se avecina debe ser tan ambiciosa como urgente: Avellaneda necesita duplicar su cantidad de árboles. No es una cuestión estética, es una medida hidráulica de emergencia. El árbol funciona como una bomba natural que absorbe el excedente hídrico que el cemento hoy rechaza. Sin embargo, para que esto funcione, el próximo intendente deberá abandonar la desidia y coordinar de manera real con los organismos nacionales y provinciales un control ambiental que hasta ahora ha sido una seguidilla de fracasos compartidos.

Pero el verde por sí solo no basta si no se rompe con la lógica de la “ciudad obstáculo”. Es casi un dato de color, si no fuera trágico, que somos probablemente la ciudad con más lomos de burro por metro cuadrado en toda la Argentina; una gestión que parece más preocupada por frenar el tránsito que por drenar el agua. La nueva etapa requiere de cuadrillas modernas y tecnológicas que, con el alerta meteorológico en el celular y presencia permanente en la calle, limpien sumideros y desobstruyan alcantarillas de forma preventiva, y no cuando el desastre ya es inevitable.

El futuro de Avellaneda no puede seguir construyéndose sobre el cemento indiscriminado que nos aísla y nos inunda. La calidad de vida de los vecinos de Wilde, Gerli, Piñeyro y el centro depende de una visión que entienda que el medio ambiente es la obra pública más importante de todas. Es momento de que la política deje de mirar la baldosa recién puesta y empiece a mirar el suelo que pisamos y el aire que respiramos. Duplicar el arbolado es el primer paso para que nuestra ciudad, finalmente, vuelva a respirar y deje de sufrir con cada lluvia.

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