Roca y Suárez. Una mañana apacible en Avellaneda y, en la vereda, se siente ese bullicio amable de siempre: vecinos que se saludan, la encargada de la peluquería pasando a saludar, un grupo de trabajadores que festeja un cumpleaños con medialunas y café humeante. En el corazón de ese paisaje está el Café del Río, un emprendimiento de barrio con olor a repostería casera y una historia que tiene sabor a pospandemia.

Daniel del Río, su dueño, cuenta con una sonrisa, mientras recibe a su nieto, un rubito inquieto: “Lo hicimos con mi esposa Rosana después de la pandemia. Empezamos en el garaje, con la máquina y la idea de vender por una ventanita. Cinco años después el auto duerme en la calle y el café entró en la vida del barrio”. El lugar ocupa Roca 1522, y funciona de lunes a viernes de 8 a 12 y de 17:30 a 20:00; los sábados de 9 a 12 y de 17:30 a 19:30.
Más que café: comunidad Lo que empezó como una salida para seguir ligados al mundo del café terminó convirtiéndose en “el café del barrio”: vecinas que salen de compras, albañiles, músicos, peluqueros, docentes jubilados, vecinos de Barracas, Quilmes y Wilde que vinieron una vez y se quedaron. “Todo fue boca en boca —dice Daniel—. No hicimos promociones; nos adoptaron los vecinos”.

Mientras tanto, Daniel habla con Multimedio en la mira y sirve un cafè a Fernando, parroquiano habitual de Cafe Del Rio, es nada menos que director de la Avellaneda Big Band: “Mucha gente de cultura para acà”.
Rosana Jesús, la artífice de la repostería, aporta el otro ingrediente decisivo: “Hacemos todo con cariño. Soy jubilada docente y estudié pastelería en Gato Dumas, pero lo que marca la diferencia es la sensibilidad con que lo hacemos”. Sus scons de queso, muffins de arándanos y el budín de manzana son los preferidos por la clientela, que vuelve por calidad y calidez.

Un escenario vivo para la cultura El Café del Río también se transformó en semillero cultural: músicos que se acercan entre café y charla, espectáculos anunciados en un cartelito, y la posibilidad, aunque todavía incipiente, de armar reuniones o presentaciones en la vereda. “A veces vinieron a tocar, y la idea es en el futuro tener un lugar más grande para hacerlo mejor”, planean.
El lugar es un reflejo de Avellaneda: pintoresco, colorido y poblado de personajes con historias. Daniel, exmarino mercante y trabajador en un tostadero de café, y Rosana, reposterista autodidacta y formada, reúnen oficio y ternura para sostener un emprendimiento que, además de dar trabajo, genera tejido social.

Un café con historia y futuro Café del Río no es un local de diseño ni una franquicia. Es un café artesanal, de barrio, donde la gente encuentra no solo un buen café y pastelería casera, sino también un espacio para encontrarse, conversar, resolver un problema o celebrar un pequeño momento. “El público nos adoptó —dice Daniel— y eso es lo más lindo”.
Si pasando por Roca y Suárez buscás un lugar con calor humano, aroma a café y la posibilidad de cruzarte con una vecina, un músico o una historia para escuchar, Café del Río ya ocupa ese rincón del mapa afectivo de Avellaneda.


