Política

“El que no hace palmas es un comunista”: primer acto de Milei en el conurbano

Cronica de David Aguirre sobre el acto de Javier Milei en el club El Provenir

 

Los grandes protagonistas han sido el frío y la militancia. Con demasiado optimismo se esperaban 20.000 almas. Muchas banderas, pancartas y bombos y pocos curiosos.

La bandera amarilla, la de la viborita (queda muy bien llamarlas por su nombre original, bandera de Gadsden), cuesta $500. La remera de Milei, negra con león y apellido en letras amarillas, $1000. Un choripán en el único puesto de toda la noche (gente descontenta con la policía, que los obligó a ubicarse a tres cuadras de la entrada), $300. No es la única gente descontenta con la policía. En el kiosco más cercano a la entrada el pebete (jamón y queso o salame y queso) cuesta $250.  

En la avenida, justo debajo del puente José María Paz, un muchacho de barba agita una bandera. Es de una agrupación mínima, serán él, otro muchacho, una chica y una señora, Revolución Federal: “ Si Dios no demanda la Patria lo hará” dice la pancarta pintada a mano. 

Los de La Julio Argentino son muchos más. Se amontonan sobre la avenida Yrigoyen, en la puerta de una disco. Tienen bombos y sección de bronces. Una señora que espera el colectivo pregunta preocupada si vienen para este lado. Le digo que es probable que doblen en la esquina y que además parecen muchachos tranquilos a pesar del barullo.

En las tres cuadras que faltan para la entrada a la cancha de El Porvenir no hay nadie más, si no contamos a los policías, guardias de seguridad de Lanús y personal privado. Si los contamos a ellos puede ser que logremos una multitud.

La cancha está a oscuras. El escenario está sobre uno de los laterales, enfrentado a la platea de socios y las cabinas de transmisión. Del escenario surge una atronadora selección de clásicos del siglo pasado (Rolling Stones, Bon Jovi, Beastie Boys, Blondie, Madness) y unos potentes haces de luces como para evitar, respectivamente, cualquier conversación a intensidad normal y una precisa dimensión de la concurrencia. Los que no están en grupo deambulan en libertad con las manos en los bolsillos. Otros, con más suerte e invitaciones, están acorralados en el sector VIP entre el escenario y el palco de prensa.

Van llegando libertarios de diversos puntos del conurbano con sus respectivas banderas. Llega un grupo de bolivianos con varios chicos y una sección de vientos (saxo, trompeta y trombón). Como los tengo cerca, creo que es la multitud la que grita y son ellos. 

Aparece Victoria Villarruel, que accede a fotografiarse con todos los simpatizantes que la reconocen y no deja de sonreír jamás. 

Pareciera que no se permiten vendedores dentro del estadio pero pasa uno ofreciendo garrapiñadas y pirulines. Pero lo que hace falta es café. Pasa una chica de seguridad privada con muchos vasos térmicos para sus compañeros. El único proveedor es el kiosco de la cuadra. Hay lista de espera para el café y se rumorea que ya se acabó. Ha fallado el mercado. Entonces comienza a sonar la banda de El Dipy y hay que volver corriendo.

“Se preguntarán por que yo estoy acá. A mí no me paga nadie, no estoy buscando absolutamente nada”, asegura El Dipy. “Me cae super bien Javier. Es un muy buen tipo. Acá vengo a tocar gratis porque no se la voy a robar a ustedes ni a nadie”.

Redoble de timbal y arranca un tema. 

“Tuvimos la mala suerte de que justo arriba del puente había diecisiete patrulleros para que no bajen los micros. A veces la política es una mierda pero ustedes están acá poniendo el pecho. Vamos a poner color a esto”, dice, y arranca otro tema.

La banda suena bien y toca con ganas. La gente festeja las ocurrencias del músico, obedece (“El que no hace palmas es un comunista”), salta, baila un rato pero a la larga gana el frío. Los chicos que vinieron con los bolivianos, en cambio, no paran de gritar y saltar. Uno se sube en hombros de otro. Otro tiene una corneta de aire. Una nena de aproximadamente diez años agita una caña con una bandera argentina.

El show de El Dipy ha comenzado a las 21 y a las 22 se prepara todo para la entrada de Milei. La salida del vestuario está copada por la Julio Argentino, después se van aglutinando los libertarios y aparecen más y más agrupaciones, como Avanzan Los Aliados y banderas celestes pro vida (“Vida y Familia”, “Sí a la vida”). Se detiene la música y suenan cuernos de caza. Encienden bengalas y antorchas en torno a Javier Milei que debe estar justo en medio de todos ellos, calcula uno. El gentío con sus banderas avanza a las corridas desde el vestuario hasta el vallado delante del escenario.

Después de unos instantes en que no se sabe dónde está Javier Milei, si habla él o es otra de las grabaciones, aparece en el escenario, chaleco antibalas y chaqueta de cuero.

“La verdad que con un día con tanto frío y con tanta jugadita sucia, ¡gracias leones!”, saluda.

Contestan: “La casta tiene miedo”

Agradece a los espacios que han aportado su presencia: “Partido Demócrata, Unite, MID, a mis queridísimos libertarios”. 

“No sea cosa que volvamos a escribir la historia y tengamos el primer presidente liberal libertario”, dice.

“¡Se siente, se siente, Milei presidente!”, le cantan.

A continuación dedica unos párrafos a refutar que donde hay una necesidad exista un derecho, refiriéndose a la escasez de recursos y la solución vía la economía de mercado mediante intercambios voluntarios y cooperación social. “La solución del Estado es la solución violenta. Es querer solucionar ese problema a las piñas y eso no puede terminar bien”.

¿Ha comenzado la clase? La militancia escucha en silencio. 

Primero habla del costo impuesto a las generaciones futuras. “La otra forma de la casta es recurrir a la emisión monetaria, la estafa del impuesto inflacionario. Pega a los más pobres”. Proporciona datos y concluye: “Hoy Argentina tendría que tener el PBI de Estados Unidos”.

“El ajuste siempre lo recargan sobre nosotros. Nos pasan la cuenta cagándonos de hambre mientras ellos siguen de fiesta”.

“¡Hi-jos de puta! ¡Hi-jos de puta!”, acusa el público.

“El Estado no es la solución, el Estado es el problema y el problema son los parásitos de la política”, sigue Milei. 

Sube la intensidad: “No puede ser que en Argentina 5 millones de persona se caguen de hambre por esta basura”.

“Quiero que les quede bien claro: no me metí en este pantano inmundo que es la política para ser parte de una nuevo fracaso, para ser parte de esta casta política. ¡Yo me metí en el barro de la política para lograr transformar a la Argentina y que Argentina vuelva a ser potencia!”, grita.

“Tiene miedo, la casta tiene miedo”, canta la hinchada con la melodía de “It’s a heartache”. 

“¡Sí que tienen miedo! ¡Están cagados en las patas!”, concuerda el orador.

Calmados los ánimos, sigue: “Nosotros no somos como ellos. Nosotros sabemos lo que hay que hacer. “Tenemos la convicción y el coraje para poner a la Argentina de pie”.

“El camino de la libertad no es un camino fácil”, admite. 

Cuenta la salida de los hebreos de Egipto y señala:

“¡Queremos ser dueños de nuestro futuro, los arquitectos de nuestro futuro, queremos la libertad!”

Por último, luego de recordar los comienzos de esta campaña: “¡Yo no me metí acá para guiar corderos, yo me metí acá para despertar leones! ¡Viva la libertad, carajo!”

Responde la multitud: “¡Viva!”

Repite: “¡Viva la libertad, carajo!” 

Nueva réplica de abajo.

“¡Viva la libertad, carajo!”

Y comienza a sonar “Se viene el estallido”, se encienden las luces del estadio y la

multitud se desconcentra casi instantáneamente, lo que es cuestión de centímetros, porque no hay nadie agolpándose en las puertas de acceso. Por la salida de Blanco Encalada no hay nadie y la esquina donde debía estar el puesto de choripanes está vacía. Ganó el frío. 

Por ahora.



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