Economía

Parrilla El Tano: el cierre de un clásico de los últimos 20 años

En enero murió su fundador. La Municipalidad de Avellaneda la clausuró por deudas acumuladas. El heredero dice que hoy se arrepiente de no haber aceptado las ofertas para radicar el restorán en el exterior.

 

Van cuatro días de la noticia, y Fabio Caschetto tiene 640 mensajes de whastapp sin leer. En las publicaciones de Instagram se pueden encontrar otros 1.500 mensajes. Todos dicen más o menos lo mismo: "donde vayas, te vamos a seguir", "fuerzas, hay que darle para adelante", "tienen nuestro apoyo". Es que la famosa sucursal de la parrilla "El Tano", de Avellaneda, ubicada sobre la avenida Güemes, anunció su cierre.

 

"Hoy nos encontramos desalojando en pocas horas lo mucho que nos rompimos el lomo en varios años. Por eso mismo hoy les pedimos su ayuda, para que este pésimo momento que nos está haciendo pasar la Municipalidad de Avellaneda, no sea para siempre y podamos abrir el lugar de encuentro de muchas familias, amigos, y que se vuelvan a ir con la panza llena y contenta", dice el comunicado que difundieron en las redes sociales.

 

Caschetto recibe a Clarín en la otra sucursal de "El Tano", en Dock Sud, atendida por su hermano Damián. Cuenta que los problemas comenzaron el 23 de diciembre. Ese día lo notificaron por una deuda que tenía con la Municipalidad de Avellaneda. Esa noche, su padre, Juan Caschetto, dueño de la parrilla, dio positivo de Covid. Lo internaron y falleció el 22 de enero. Desde el 24 de diciembre, la parrilla estuvo cerrada, como todos los años.

 

"En enero me presenté y pactamos un plan de pagos", detalla. "Serían seis cuotas. Pagué la primera en febrero y cuando volví a mi negocio me encontré con que me habían revocado la habilitación. En marzo pagué la segunda cuota. Pero siguieron sin dejarme abrirla y me fue imposible pagar más cuotas. Ya no tenía resto para hacerlo. Fijate lo que pasa con los autos: vos debés patente y podés seguir conduciendo. No entendí por qué no me permitieron trabajar. En la Muni me decían que la orden 'venía de arriba'".

 

A Fabio hubo algo que no le cerró. La sucursal de su hermano también había sido intimada a regularizar su situación. Pero a diferencia de la suya, pudo seguir trabajando. Además, Fabio debía pagar entre 200 mil y 300 mil pesos solo para el trámite de renovación de la habilitación. Le fue imposible. Lo mismo con el alquiler. Dejó de pagar en diciembre. 

 

"Solo en diciembre me hicieron 18 multas por estacionar mi camioneta en la puerta del local y bajar mercadería", dice, muy enojado. "A mis clientes, lo mismo: venían a comer y la Municipalidad le hacía multas. Me echaban a la gente. La Municipalidad venía por todo. Tenía que pagarles hasta por un cartel en el frente de mi local, en concepto de publicidad. El tema es que mi papá se encargaba de ellos. Nunca supe qué arreglos tenía. Pero creo que si mi viejo viviera, no hubiéramos llegado a esta situación".

 

Ante los dichos de Caschetto, Clarín se comunicó con la Municipalidad de Avellaneda para conocer su versión del conflicto. Uno de los voceros respondió: "Sabemos del caso. Por ahora no hay comunicación oficial".

 

Desde febrero, y hasta el día de hoy, Fabio trabaja en la otra sucursal. El 19 de mayo, cuando faltaban 40 días para la renovación del contrato de alquiler de su parrilla de Güemes, la inmobiliaria le comunicó que después de 20 años, no le renovarían el contrato. "¿Cómo querían que pagara? Si nunca pude abrir y trabajar. Yo nunca pedí que no me cobraran. Solo que me permitieran trabajar. A pesar de que en cada renovación de contrato me pedían el 100% de aumento, cuando se estima cobrar el 30%. Pero veían que trabajábamos bien y nos pedían lo que se les antojaba".

  

Durante 2020, prácticamente no pudo trabajar como antes. Entre el 20 de marzo y julio, estuvo cerrado o solo pudo hacerlo bajo la modalidad take away. Siguió pagando el alquiler y los sueldos. Estima que perdió, como mínimo, 500 mil pesos mensuales. Más adelante pudo recibir clientes. Pero solo al 30% del salón. "Todos conocían nuestro estilo de trabajo: te dábamos mucha comida por poca plata. Ganábamos un poquito de cada cubierto. Nuestra ganancia siempre estuvo en el volumen. Perdí dinero todo el año".

 

Del bar a la parrilla

La historia de El Tano nació en los noventa. Fabio y su padre tenían un bar en Dock Sud. Chiquito, de barrio. "Los Amigos" se llamaba. Un día de 1996 se le ocurrió poner dos parrillitas en la misma vereda del bar. Prendió el fuego y asó un par de chorizos y un poco de carnes. Fabio dice que había sido verdulero y que había trabajado en boliches, siempre en Avellaneda. Y que eso fue fundamental: sus primeros clientes fueron sus conocidos y vecinos. Cinco años después, dejó la calle para alquilar el local de Güemes e inaugurarlo como "Parrilla El Tano".

 

Con el tiempo, o mejor dicho con el boca a boca, el estilo propio y la buena atención, el lugar empezó a ser nombrado. Creció. Y dejaron de visitarlo solo vecinos de Avellaneda. Apareció, un día cualquiera, Diego Armando Maradona. Otro día cualquiera, llegó Juan Román Riquelme. Los futbolistas le dieron popularidad. Recibían planteles de ascenso completos. Más adelante se hicieron habitués jugadores que aterrizaban al país para jugar por la Copa Libertadores.

 

De los futbolistas, a los sindicatos: querían despedir el año o festejar el día de sus trabajadores. Luego, los famosos. Un allegado a Susana Giménez preguntó si se podría cerrar el lugar para ella. A la par, el público local no le fallaba: "creemos que el 90 por ciento de los vecinos de Avellaneda vino al menos una vez. Todos los días teníamos festejos de cumpleaños", recuerda. Para entrar, ya había que esperar una, dos o hasta tres horas. El paso siguiente fueron los extranjeros. Turistas que venían a Buenos Aires y no querían perderse la experiencia de una parrilla no turística. En 2010, su hermano inauguró la otra sucursal.

 

Entre sus miles de clientes fieles, uno se le acercó con una propuesta concreta: abrir una sucursal en Miami. Estaba dispuesto a poner el dinero para la inversión y convertirse en socio. Otro lo mismo, pero con España como destino. Fabio prefirió rechazar las propuestas. Era feliz en su lugar. Se veía ahí mismo hasta grande, como su papá. No solo pasaba por su comercio: sus hijos estudiaban en Avellaneda y él seguía viviendo en el Municipio, aun pudiendo vivir donde quisiera.

 

Ahora cambió de opinión. Dice que seguirá en lo de su hermana hasta cancelar sus deudas, y que luego aspira a abrir una parrilla fuera del país. "La gente me dice que abra algo acá, en otro Municipio, que me van a seguir. El tema es que acá trabajás y te fundís. Sé que puedo llenar en cualquier lugar de Buenos Aires. Pero sería volver a renegar con todo lo mismo", concluye.

 

 

Por Nahuel Gallotta

Foto: Fernando de la Orden para Clarin

 

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