Cultura/Espectáculos

Hablemos de Nicolás Avellaneda

El historiador Oscar Andrés De Masi, hace un repaso acerca de la vida y obra del abogado, periodista y político, Nicolás Avellaneda, en el día del 169° aniversario de la ciudad que lleva su nombre

Tanto el partido que antes se denominaba Barracas al Sur, como su ciudad cabecera, llevan el nombre de Nicolás Avellaneda. No así la estación del ferrocarril Roca, que ha modificado ese nombre por el de dos militantes sociales, muertos en el año 2002 a causa de la represión policial de una manifestación, precisamente en las inmediaciones de aquella estación.

No se trata en modo alguno de medir o de comparar los méritos de uno u otro nombre. Pero en el caso de la estación del ferrocarril, bien pudieron haber coexistido ambos topónimos, el de un presidente que se desveló por la paz y la educación del país, y el de unos jóvenes brutalmente muertos, durante un acto de protesta y militancia. El nombre antiguo y arraigado fue desalojado ante la trágica memoria del nombre novedoso. Pero, insisto: ¿por qué no pudieron compartir, ambos nombres argentinos, una misma cartelera?

El hecho del cambio de nombre ofrece un motivo de reflexión adicional. Porque, mientras Kosteki y Santillán siguen siendo, de algún modo, nuestros contemporáneos, Avellaneda en cambio ha quedado más lejos en la historia.

Pero a Nicolás Avellaneda hay que explicarlo. De eso se trata esta nota.

 La singularidad de un estadista

Se ha dicho que Avellaneda no fue un “político”, en el sentido convencional y quizá más bastardeado de la palabra (alguien que busca votos para llegar al poder, y, una vez allí, busca votos para conservarlo…), sino que, más bien, fue un “estadista” (o un “hombre de estado”). Intentemos distinguir ambas categorías, aunque sea de un modo provisorio

Pareciera que el estadista ostenta un plus de valor ante la comunidad. Es un dirigente que aspira al liderazgo, al igual que el político. Pero el estadista señala unos rumbos al pueblo cuya meta, quizá, exista únicamente en un lejano porvenir, mejor que el presente. Tropezará, por ello, con la incomprensión de muchos de sus contemporáneos, aún de aquellos que, de buena fe, no alcancen a ver más allá del horizonte del corto plazo. El estadista, a diferencia del político, deberá aprender a contentarse con la siembra de una idea, sin alcanzar a ver la cosecha madura.

Aún así, será capaz de provocar cambios y renovaciones, en el seno de la sociedad y en el dinamismo agonal de la misma política. Y estos cambios, siempre, ocurrirán en el marco de la ley y del respeto a las instituciones republicanas.

Sus disposiciones morales y su carácter son singulares. Por eso es ejemplo para el pueblo.

Pensemos en los dos presidentes que precedieron a Avellaneda: Mitre y Sarmiento.

¿Fue Bartolomé Mitre un estadista? Tenía sin duda la predisposición y tuvo el “aura” del liderazgo patriarcal, pero le tocó gobernar una Nación dividida, una confederación de provincias desavenidas. Luego vino la masacre del Paraguay, que, tal vez, un verdadero estadista hubiera evitado a cualquier costo.

¿Lo fue Sarmiento? A pesar de su genio, quizá era demasiado contradictorio y volcánico. El estadista se reclama, a si mismo, sosegado. Como señaló en 1937 Juan P. Ramos, la presidencia no le añadió a Sarmiento más lustre del que ya tenía ganado como polemista, como escritor y como maestro.

De aquellos primeros tres presidentes, Avellaneda es distinto. Su carrera política e intelectual fue meteórica e ininterrumpida: a los 23 años es diputado y catedrático; a los 28 años escribe su tesis sobre la legislación de tierras; a los 29, y pese a ser tucumano, es ministro de gobierno de aquella provincia de Buenos Aires que Alsina ha imbuido de localismo; a los 30 escribe una “Memoria” sobre la educación; a los 31 ya es ministro de Sarmiento en el gabinete nacional; a los 37 llega a la presidencia de la República; a los 44 es rector de la Universidad de Buenos Aires; y antes de los 50 se extingue su vida, regresando de Europa. Fue la vida breve pero fulgurante de un dirigente que no se parecía demasiado a los políticos de su tiempo, que no adulaba a las multitudes, que no ataba sus ambiciones a ninguna recompensa material.

Sin duda, no tenía otra mercancía que ofrecer a la ciudadanía, sino su propia excepcionalidad espiritual, envasada en una figura pequeña y delicada casi hasta el amaneramiento, y una oratoria perfecta, pulcra, cristalina.

Una vez dijo de si mismo: “Nunca he admirado la energía ruidosa de los que andan por las calles y plazas rompiendo vidrios con estrépito; pero envidio, si, la paciencia firme de los que convencen hombres, sojuzgan pasiones o encaminan pueblos, aunque sea tan difícil como romper piedras con el brazo humano”.

Tal fue el arquetipo que se propuso lograr.
La carrera

Nicolás Avellaneda llegó a Buenos Aires a los 20 años, en 1857, en un momento de exaltación del porteñismo más furioso. No había técnicamente “Nación”, porque a ese furor de Buenos Aires respondían las provincias con igual hostilidad. Todos quieren dominar a la “Nación” y apropiarla según su gusto partidista,

Pero Avellaneda olvida tanto su provincialismo natal como el porteñismo de ocasión, y aspira a ser “nacional”. Para ello espera su hora.

Cuando Adolfo Alsina llega al gobierno de la provincia de Buenos Aires, le asigna el ministerio de Gobierno, y allí comienza su astro ascendente.

En marzo de 1867 publica una “Memoria administrativa” donde exhibe la solidez de un programa de gobierno. Se hace famoso, y hasta Sarmiento lo aplaude desde los Estados Unidos. Un año después será el principal ministro del presidente sanjuanino.

¿Cuál fue el núcleo de la agenda política de Avellaneda como ministro? Podría cifrarse en un renglón: sacar al país de la ignorancia, establecer escuelas en todo el territorio, fundar bibliotecas populares, crear establecimientos científicos. Su nombre quedará de este modo solidarizado, para siempre, al de Sarmiento. Fue, como dijo una vez Bucich Escobar, “la edad de oro de la educación en nuestro país”, que completará después Roca.

Y luego vino la lucha por la presidencia de la Nación, para un hombre joven que llega sin partido propio. Sus mismos opositores lo resaltan, porque se dijo en tono de burla que “su biografía política es una página en blanco…”

Avellaneda lo sabe, y responde que, pese a no tener ni méritos personales ni títulos oficiales, sin embargo su candidatura es un hecho que debe tener alguna explicación. Y esa explicación va a encontrarla sagazmente en un periódico de Jujuy que postulaba la necesidad de tener “un gobierno que sea la verdadera obra de los pueblos…buscamos un presidente que sólo tenga como título para gobernar y como criterio para dirigir su conducta, la convicción de que se lo debe todo a la libre espontaneidad de los sufragios”.

Así, con semejante imaginario de legitimación democrática, llegó a la presidencia, sin compromisos previos ni pactos espurios. Y debió enfrentar una sucesión de adversidades, desde la revolución encabezada por Mitre a la crisis financiera y, al final, el levantamiento en armas de la Provincia de Buenos Aires contra la entidad-Nación. En este último episodio, Avellaneda probó su temple y su grandeza, como vencedor que prefirió seguir fiel a su carácter de líder civil, y, burlándose incluso de si mismo, al ratificar que no iba a convertir su “cortaplumas de amanuense en la espada de un conquistador”. Así era su altura moral.

Una valoración política

Por supuesto que Avellaneda no era perfecto y su presidencia no estuvo exenta de errores políticos. Pero, analizada en el contexto borrascoso que le tocó sortear, podría decirse que logró sentar las bases de obras duraderas y, lo principal, que no se apartó ni un centímetro de los principios éticos. Se mantuvo fiel a la consigna de organizar el país por encima de los intereses partidarios o localistas.

Su gestión presidencial fue un ejemplo claro de buena y honesta administración. Supo superar una crisis financiera fenomenal, sin moneda garantida por el Tesoro y sin industria.

Extendió la soberanía territorial de la Nación Argentina a las lejanías patagónicas, y estableció la Capital Federal en la ciudad que ya era la cabeza histórica del país. Y pudo consolidar la idea sustantiva de que existe un orden político “nacional”, que prevalece sobre los antagonismos de provincias.

Avellaneda escritor y orador

Al concluir su agitado mandato presidencial dio cauce a su impulso estético y se entregó a la literatura (aunque nunca había abandonado del todo ni la escritura ni mucho menos la oratoria). Libre ya de la vigilancia recaída sobre él como primer magistrado, decidió satisfacer aquella vocación intelectual. Pero, otra vez, las responsabilidades de la gestión lo comprometieron: debió asumir el rectorado de la Universidad de Buenos Aires y una banca en el Senado. No estaba tan a disgusto.

Sólo llegó a publicar el primero de los cuatro volúmenes de sus “Escritos”. Cuando comenzaba a tomar cuerpo su obra literaria, lo alcanzó una muerte prematura.

El escritor Paul Groussac señaló que, en contraste con Mitre y con Sarmiento (también políticos y literatos), no hay en la producción de Avellaneda ni una “Historia de Belgrano” ni un “Facundo”, como diciendo con ello que no creó un libro-insignia de su nombre, un libro representativo de su pensamiento y de su estilo. Pero creó, en cambio, una galería de ensayos perfectos que fueron sus impecables “Memorias” ministeriales. Sólo un gran talento podría convertir aquellos documentos administrativos en obras literarias.

Y produjo, también, los discursos políticos más equilibrados y más elegantes de su tiempo, honrando así el sobrenombre de “Marco Tulio” (por el orador romano Cicerón) con el cual lo habían bautizado sus condiscípulos porteños.

Avellaneda no alcanzó a vivir ni medio siglo, pero su muerte se percibió como el fin de una larga existencia.

Murió el 25 de noviembre de 1885, a bordo del vapor “Congo”, frente a la Isla de Flores, en aguas uruguayas. Volvía de Europa junto a su esposa, la culta y caritativa dama doña Carmen Nóbrega.

Ya a la mañana de aquel día sintió la proximidad del final de su vida pero, sin embargo, prolijo como era, cumplió con su esmerada toilette cotidiana. Luego, aceptó el sacramento de la Extremaunción que le administró un religioso que se hallaba a bordo; y, cosa notable, quiso que su esposa estuviera presente y escuchara su última confesión, para que la transmitiera, como testamento vivo, a sus hijos. Tan seguro estaba de su integridad. Apoyó luego la cabeza en el hombro de doña Carmen y así, serenamente y sin exaltación, como había vivido, murió.

¿Habrá pensado en aquel instante último en sus lejanas mocedades tucumanas? ¿O en la aventura veinteañera de su llegada a Buenos Aires? ¿O en la apacible y arbolada quinta de Temperley,, donde pasó junto a su familia las mejores temporadas veraniegas y fue “quinta presidencial”? Quien lo sabe. Al cerrarse sus ojos, se cerró también la chispa de su genio. Y comenzó el ciclo de su legado.

El doctor Aristóbulo del Valle, que viajaba en ese barco, ayudó a envolver su cuerpo en la bandera nacional ¿Qué mejor metáfora para un constructor y un defensor de la Nación?

Sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta, en un sepulcro monumental, adornado con esculturas del artista francés Jules Coutan.

Quizá ahora, tras leer esta breve y tan incompleta semblanza, muchos vecinos comprendan por qué el nombre de Avellaneda es un patrimonio inmaterial valioso y un privilegio cotidiano para quienes habitan en este distrito.

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