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Cuento: "La habitación oscura al fondo del bar", por Emiliano Ponce

Un descenso a los infiernos gastronómicos.

La habitación oscura al fondo del bar

 

- ¿Algún problema?-, le pregunté al empleado del Banco Comeojos, que revisaba una y otra vez los mismos papeles, negando con la cabeza y mordiéndose los labios. Le repetí la pregunta. Al fin hizo como si se despertara, sorprendido de encontrarme aún allí.

- No le podemos otorgar el crédito, señor Ferrario. Lo siento.

-Siente qué-, me impacienté.

Volvió a meter las hojas dentro de la carpeta, la cerró con los elásticos y la golpeó suavemente contra el escritorio para que las hojas se acomodaran y para agregar algo de énfasis, dando por terminada la entrevista.

- No entiendo. Todo está en orden. Soy una persona solvente-, dije.

- Sí, sí, lo sabemos. Su historial es óptimo, así como el de sus garantías... pero el problema es que...

Me miró.

- ... usted está muerto.

No insistí. Me levanté y me fui, después de darle la mano con solemnidad. Hizo pasar al siguiente número después de echar mi expediente a la basura. 

Debía renunciar a todos mis planes y proyectos.

 

En la calle me sentí un poco más desdibujado. Los colectivos no me paraban. Les hacía señas y seguían de largo. Cruzaba la calle y los autos me rozaban sin bajar la velocidad. Caminé hasta mi casa. Llegué exhausto.

- ¿Qué hacés acá?-, me preguntó mi esposa, de quien ya estaba olvidando el nombre.

- No sabés-, me quejé: - Me acaban de negar el crédito-. Me senté y empecé a sacarme los zapatos.

- No, no. Te pregunto qué hacés acá. Vos estás muerto. Deberías estar en tu tumba-, dijo ella mirándome fijamente y empujándome la silla.

Un hombre de bigotes que yo no conocía salió de mi habitación y miró extrañado a mi mujer.

- ¿Algún problema? ¿Estás hablando sola otra vez?-, le preguntó. La abrazó por la cintura y le mordisqueó la oreja. Tenía puesta mi ropa y mis pantuflas.

- No, no-, negó ella sonriéndole.

- ¿Es el fantasma del finado Ferrari que te está molestando otra vez?

- Ferrario-, corregí.

- Ferrario, claro-, dijo.

-No, ¡pero qué idiotez es esa!- le dijo ella. -En esta casa nadie cree en fantasmas. Era la televisión-. La televisión estaba apagada. A él no le importó, empezó a manosearla y a sacarle la ropa. Ella accedió, mientras con una mirada fulminante me ordenaba que me fuera. Abrí la puerta lo más silenciosamente que pude y salí.

 

En el bar estaban mis amigos de siempre. Me quedé un rato viéndolos desde afuera. Aunque debieron verme, no me invitaron a pasar. Me cansé y entré nomás.

- ¿Te acordás de esa vez que le pusimos un gato muerto en la parrilla?-, dijo uno de mis amigos, gordo y pelado.

- No era un gato muerto, era una pastilla de gamexane-, corregí.

Todos me miraron con fastidio.

- Era un gato muerto-, confirmó otro de mis amigos, contador nacional jubilado.

Podía ser. Ya recordaba todo muy vagamente. Se hizo un silencio incómodo y prolongado. Otro de mis amigos se terminó los manises de la cerveza que cuando llegué ya estaba vacía. 

Creí que alguien iba a llorar, finalmente. Miraban el suelo y tragaban saliva. Estaban muy reflexivos para lo que eran.

- ¡Mirá! ¡Se desocupó el billar!-, señaló uno. 

Los que no jugaban billar saludaron y se fueron. 

Me acerqué al mostrador.

- Paco, ¿puede ser un vaso de vino?

Me sonrió, negándome con la cabeza. Busqué en mis bolsillos. Tenía algunos billetes viejos y unas monedas. A la vista del efectivo, aunque de mala gana, me sirvió.

- ¿Cómo va?-, me preguntó después de un rato. Los muchachos que jugaban al billar nos  miraban de reojo.

- Me rechazaron el crédito del banco. Ahora no sé qué voy a hacer. Además, la cosa esta ya metió a un tipo en la casa y calculá que no puedo volver.

- Claro...-, asintió. Sospeché que me daba la razón como a los locos y a los muertos.

El tiempo no pasaba. El televisor estaba a todo volumen pero por el ruido las heladeras no se escuchaban las noticias. Me tomé demasiado rápido el vaso de vino porque no le sentía gusto. Y aunque no había comido nada en todo el día, no sentí los efectos del alcohol.

Llegó otro de mis amigos, uno que siempre venía tarde, y abrazó a todos, uno por uno. Se le escaparon algunas lágrimas cuando me abrazó a mí.

- Te voy a extrañar, loco-, me dijo.

- Qué sentimentalismo-, le dije. - Acompañame con un vino, no seas maricón.

Se resistió un poco pero accedió. Hablamos de pavadas. El alcohol lo fue desinhibiendo. Al final me dijo que se le hacía tarde, que tenía que ir a ver un nuevo trabajo al día siguiente, etcétera. Me di cuenta de que se habían ido los del billar y el resto de los pocos clientes. El bar estaba por cerrar, no quedaba nadie.

Me subí la solapa del saco y me dispuse a salir.

- Esperá-, me dijo Paco.

- Te pagué. ¿O no te pagué?-, le pregunté, metiéndome la mano en los bolsillos. Saqué unos billetes, conté. - Sí, te pagué-.

- No...-, dijo Paco, súbitamente amable: - ... que no tenés donde pasar la noche y yo acá atrás tengo una piecita desocupada... Por ahí... ¿me entendés?-, agregó con tono de película argentina.

Antes de que me decidiera, cerró la puerta de calle y le puso llave. 

Después de bajar ceremoniosamente la cortina, me puso una mano en el hombro y, casi empujándome, me llevó al otro lado del mostrador. No tenía el ánimo como para resistirme.

No tenía otro lugar donde dormir. Paco no me inspiraba confianza, nunca me cayó del todo bien, pero prefería casi cualquier cosa a tener que dormir en la calle. La verdad que no lo había pensado. No tenía planeado cómo enfrentar el problema de la intemperie. Me parecía una idea inconcebible.

 

Apagó las luces del local. Abrió una puerta que nunca antes había visto. Daba a un pasillo largo y estrecho, mal iluminado. Me invitó a pasar.

- ¿No será mucha molestia, Paco? Yo puedo encontrarme algo, eh...-, mentí.

- No, que va.

- Bueno, por esta noche está bien, pero mañana...

Resopló.

- No te hagas drama vos.

Pasamos varias habitaciones, que debían ser depósitos de mercadería. Nos detuvimos. Sacó un manojo de llaves oxidadas, encontró con mucha dificultad la que buscaba y abrió una puerta. Era una habitación más oscura que el pasillo. 

- Es acá-, dijo.

Me entró miedo, pero no sabía cómo salir del aprieto.

- ¿Sabés qué, Paco? Necesito un poco de luz, me gusta leer algo antes de dormirme. Y la verdad que no tengo sueño, ¿viste? Es raro, porque el vino siempre me da sueño.

Vi la cara seria de Paco, como de piedra. No me contestó.

- ¿Hay una cama ahí?-, pregunté, simulando examinar el interior. En realidad no distinguía nada. 

- Hay una cama. Ahí-, dijo Paco gravemente.

La cañería hizo ruido o fue un ratón chillando.

Ya había decidido no entrar, pero tampoco sabía cómo salir de la situación. Así que me quedé en silencio, quieto. Esperé que mi acompañante reaccionara, se pusiera violento y me diera una excusa para golpearlo y escapar. No pasó. Así estuvimos un largo rato y perdí la noción del tiempo.

Amanecía y seguíamos los dos de pie. Habíamos cruzado miradas fugazmente. Lo sentía respirar a Paco.

- ¿Vas a entrar o no?-, preguntó. No noté que moviera los labios. Pero pudo haberlo hecho. El lugar estaba muy oscuro.

- ¿Dijiste algo?-, pregunté. Me había desacostumbrado a la voz humana. Incluso mi voz me pareció rara, pastosa, y es posible que yo tampoco hubierea movido los labios.

- No. No dije nada.

- Me pareció que sí.

- Bueno. No tengo tiempo para estas cosas. Tengo que abrir el negocio ya. 

Señaló un reloj que no tenía en la muñeca.

- He decidido que no tengo sueño-, dije, terminante.

- Como vos quieras-, concedió, de mal humor. Cerró la puerta y le volvió a poner llave. Desandamos el pasillo y desembocamos en el local. 

- Va a ser un lindo día hoy-, dije por decir algo. En el fondo creí que iba a serlo. Hablaba en serio.

- Pero cualquiera de estos días llueve.

- Sí. Le hace bien al campo. 

Ahí terminó la conversación.

 

Me senté a una mesa mientras levantaba volvía a levantar la cortina metálica. Me imaginé recitando la oración a la bandera y me reí melancólicamente de mi ocurrencia. Todo el tiempo Paco se condujo como si un hubiera nadie. Me sentí incómodo. Encendió la radio y se fue al fondo. Oí el agua corriendo y platos y vasos chocando en el fregadero. Afuera, en la calle, alguna gente ya iba a sus trabajos. Entró el diariero a dejar algunos clarines. Se sobresaltó al verme.

- Buh-, le dije, imitando un fantasma.

Me sonrió.

- ¿Qué hace tan temprano por acá? ¿Problemas con la patrona?-, me preguntó por cortesía.

Un cliente le tocó bocina desde un auto. Yo tenía muchas ganas de un café con leche con medialunas, pero no quería gastar el poco dinero que me quedaba y tampoco quería fastidiar a Paco, que ya bastante había hecho por mí.

- Paco, te limpio los platos y me das un café con leche y medialunas.

Tardó un poco en responderme.

- Ya terminé con esto. Servite nomás, después me lo pagás. 

 

Al mediodía tenía la cara grasosa y me había cansado de ver gente por el ventanal, viviendo su vida. Se me ocurrió algo, lo más optimista en mucho tiempo. Podía empezar de nuevo. Sí. Me sentía joven y fuerte. Me comparaba con la gente de afuera, a quienes se les notaba demasiado la resignación y la tristeza, que caminaban negando con la cabeza y que parecía que estaban llorando. Otros que se ponían agresivos por cualquier motivo y se cruzaban con otros empeñados en ser todavía más violentos. En medio de todo, la gracia de los niños rumbo a la escuela a los saltitos, tirando de las manos de sus mamás apuradas, los ojos de un perro que trataba de hacerse amigo de alguna de aquellas personas grises y luego se sentaba a esperar tiempos mejores con toda la dignidad perruna posible. Un rayo de sol que  se abría paso entre los edificios y arrancaba destellos fugaces a aquella avenida oscura, húmeda y fría.

Hacia el mediodía el bar se fue llenando de gente que no se hablaba, comía apresuradamente, pagaba y se iba. Después se ocuparon todas las mesas con empleados que venían a almorzar y mujeres con nenes que venían de hacer compras y pedían lo más barato y una coca para el nene. Estuve a punto de abandonar mi mesa antes de que Paco me lo pidiera, pero no fue necesario. Se fueron desocupando solas y ya a la media tarde los mozos pusieron un partido y, como no había nadie, se sentaron y se pusieron a fumar y a comentar el partido. Después de las cinco vino algún solitario a tomar un café con leche y a la noche un grupo de amigos a festejar un cumpleaños con mucha cerveza y manises. Volvió la hora de cerrar. 

Después de que Paco apagó las luces, lo acompañé por el pasillo hasta la habitación oscura y entré.

 

Emiliano Ponce



EL AUTOR: De Emiliano Ponce solo se sabe que fue clarkista un tiempo y participó en algunos talleres literarios del conurbano donde dejó copias de sus cuentos, que escribía en su tiempo libre y que jamás se han publicado.

Zona Sur | Letras
21/08/2020

Cuento: "La habitación oscura al fondo del bar", por Emiliano Ponce

Un descenso a los infiernos gastronómicos.