Sociedad

La historia de "El Bicho", el piloto de caza que murió haciendo lo que más amaba

A las 9.15 del miércoles las condiciones de vuelo se perfilaban óptimas para el adiestramiento diario de los pilotos de cazabombarderos.

 

A 10 mil pies de altitud (3048 m), el zumbido de dos A4 Fightinghawk, abocados a ejercicios de simulación de combate aire-aire, escoltaban las tareas rurales de los locales. Acostumbrados al frenesí aéreo, a los baqueanos, no obstante, les resultaba difícil ignorar el vértigo que proyectaba el cielo.

 

El entrenamiento de los dos halcones había comenzado con puntualidad militar. El capitán Gonzalo Fabián Britos Venturini (34) presidía la cuadrilla y su subalterno inmediato, el numeral 2, cuya identidad la FAA mantiene en reserva por ser el único testigo directo de la tragedia, cumplía el rol de caza enemigo. Ambos se trenzaban en una pelea de perros, según la jerga aeronáutica, a unos 50 km del punto de despegue.

 

Habían decolado con diferencias de segundos, a las 9.30. Durante los primeros 30 minutos las maniobras de adiestramiento a 1000 k/h se sucedían con normalidad.

 

Unos minutos después, de forma intempestiva y por razones que están siendo investigadas, la nave de “El Bicho” -indicativo de vuelo del capitán Britos Venturini-, entró en pérdida. Su A4 matrícula C-295 se precipitaba inexorablemente a tierra. Dibujaba en el aire espirales descendentes, bruscos tirabuzones, según la reconstrucción preliminar que pudo realizar Clarín en base a fuentes castrenses.

 

Al alcanzar la altitud límite de peligro, su numeral le ordenó por radio la eyección. En ejercicios de combate esas directivas se imparten al margen de las jerarquías.

 

Según las mismas fuentes, el numeral observó que el paracaídas de Britos Venturini, correctamente desplegado, comenzaba a caer, sin novedad.

 

Si bien un Comité de Expertos integrado por cuatro peritos de la FAA investiga los hechos, Clarín pudo reconstruir el diálogo con la torre de control.

 

-“El Bicho 1” se eyectó -informó en vuelo el numeral 2.

 

-Confirme paracaídas abierto -retrucaron en la torre de control.

 

-Afirmativo. Paracaídas abierto -completó el piloto militar.

 

-Pase las coordenadas -exigieron los controladores.

 

-34°12'15.7" Sur. 64°58'22.1" Oeste -precisó.

 

-Ok, numeral 2, proceda al aterrizaje -se le ordenó.

 

Inmediatamente enviaron otro avión al lugar. Un rescatista se lanzó en paracaídas en la posición informada. Al llegar y revisar el cuerpo comprobó que el piloto estaba muerto. Las ambulancias demoraron horas en llegar debido a los cortes de ruta dispuestos entre San Luis y el sur de Córdoba por la pandemia.

 

La necropsia del aviador, realizada esa misma noche en Río Cuarto por la forense Ana Laura Peiovich, reveló que “Britos Venturini murió como consecuencia de una luxación y una sección completa de la médula espinal de la columna cervical”.

 

Según explicaron en su entorno, “El Bicho murió en el aire, en su ley, haciendo lo que más amaba. Tras una violenta eyección, al tocar tierra en un descampado de la localidad cordobesa de Villa Valeria, ya estaba sin vida”.

 

La autopsia reveló además que el aviador “también sufrió una hemorragia arterial en el cuello, producida antes de la sección medular”. Ahora los peritos intentan determinar qué sucedió en el momento de la eyección. Investigan qué rol cumplieron la combinación entre la fuerza de gravedad y el efecto de aceleración producto de la eyección. Por eso intentan dirimir a qué velocidad caía la nave y en qué posición, “ya que el deceso fue casi instantáneo tras la abrupta eyección” mientras la nave caía en pérdida a alta velocidad.

 

Los resultados de la autopsia coinciden además con los testimonios de los baqueanos, quienes aseguran que la caída en paracaídas del piloto fue acompañada por un silencio sepulcral cuando lo habitual en dichas circunstancias es gritar tras el shock de la eyección.

 

Sólo un pedazo de la puntera del ala, otro del tanque de combustible, y dos latas permanecieron a superficie; el resto del avión quedó enterrado 6 metros bajo tierra, informaron a Clarín fuentes calificadas de la Fuerza.

 

Los peritos realizarán ahora un trabajo arqueológico para recuperar cada parte de la nave incluido el grabador de datos de la computadora de misión; una especie de caja negra pero más endeble e incompleta que esperan no esté dañada.

 

Bicho de ciudad

Durante su instrucción como piloto de caza en la escuela de Punta Indio lo bautizaron “El Bicho”, ya que al culminar cada vuelo, solía caminar por la base entonando la canción de Los Piojos, “Bicho de ciudad”. Él mismo eligió ese apodo como indicativo de vuelo.

 

Heredó la pasión aeronáutica por su padre, suboficial de la FAA. Aunque desde hacía un buen tiempo se hallaba distanciado de él.

 

Sentía en cambio devoción por su madre Celia, por su abuelo materno, Don Venturini y era un férreo protector de su hermana Andrea. Su pasión por el vuelo y su compromiso profesional retrasaron el armado de su propia familia. Estaba de novio con la cordobesa Mercedes Rodríguez, hija de un comodoro retirado, también piloto de A4 como él. Tres semanas atrás había pasado su licencia completa confinado en un hotel de Villa María, tras viajar a Córdoba un fin de semana largo para reencontrarse con su novia. La imposición para volver a San Luis fue permanecer aislado 15 días en cuarentena.

 

Oriundo de Paraná, Entre Ríos, Gonzalo Britos Venturini cursó el secundario en una escuela técnica que funciona en los hangares de la II Brigada Aérea de esa ciudad. Allí se graduó como Técnico Aeronáutico.

 

Fue un militar sobresaliente y descolló entre sus pares. Durante su formación militar se destacó con el mejor promedio general de egreso, mejor promedio de estudios y mejor promedio en formación aérea. Entonces el joven piloto volaba en B-45 Mentor y en T34C Turbomentor.

 

Sus camaradas lo recuerdan como un hombre apasionado en su faena con irrenunciables ansias de superación. ”Su enemigo era el error y el desgano. Y como líder de escuadrilla, creía que corrigiendo a otros, lograba sacarles lo mejor”.

 

“No temía decir las cosas, incluso a sus superiores cuando detectaba un error”, confiaron a Clarín sus allegados en Villa Reynolds, que pidieron reserva de identidad “para que sólo se recuerde al Messi que fue para la FAA”.

 

Responso y silencio en un hangar

En el sobre de albacea (documento castrense con directivas post mortem) Britos Venturini designó a “Flecha”, su par, jefe de otra escuadrilla, como encargado de tramitar su sepelio. Instruyó ser enterrado en el cementerio Colonia Crespo junto a su abuelo materno, Don Venturini.

 

Un sonoro silencio invadió el Hércules que trasladó su féretro desde Río Cuarto a Paraná, donde ayer se realizó el responso y posterior entierro. En un enorme hangar esperaban desconsoladas Celia, su madre, su hermana Andrea y su novia Mercedes.

 

En esa intimidad, su madre contó con entereza que él siempre la había preparado por si algún día no llegaba a estar. “Lo que nunca imaginé -dijo- fue que ese día llegara tan rápido". Con la misma templanza Andrea lo recordó así: “La única paz que tengo es saber que se fue haciendo lo que amaba".

 

Se sabe que la vocación no tiene precio. Pero el pago de Britos Venturini en cumplimiento de su deber fue demasiado caro en contraposición con su magro sueldo como capitán de la Fuerza Aérea. Según pudo averiguar Clarín, percibía una remuneración de $ 46.000  más un suplemento por vuelo de $ 9.000.

 

Cubría su féretro el pabellón nacional, su sable y su gorra blanca.

 

Hacía tiempo que el sepelio de un caído no reunía a los máximos jefes de las Fuerzas Armadas y al Ministro de Defensa en un mismo lugar. Concurrieron Agustín Rossi; el Jefe del Estado Mayor Conjunto, General Juan Martín Paleo; por la Armada, el Contralmirante Julio Guardia; por el Ejército, el General Agustín Cejas y por la FAA, el Brigadier Xavier Isaac.

 

“Fue un acongojado adiós. Un momento de total apoyo para la familia y para los pilotos, ya que Britos Venturini fue un hombre muy importante en la vida de los Halcones”, agregaron.

 

Tras el rezo por el eterno descanso del alma del piloto, pronunciado por el capellán Luis Hetze, el jefe de la V Brigada lo describió como la encarnación “de la máxima expresión del servicio. El Bicho -añadió- sigue estando entre nosotros sólo que ahora vuela más alto”.



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